Allí estaba, bailando de manera desenfrenada, disfrutando de todas esas mujeres que se rendían enseguida a sus encantos. Era inconfundible, un hombre vestido con unos pantalones oscuros que dejaban bien marcada la forma de su “silueta”, una camisa blanca que le hacía brillar como él que más, una sonrisa que iluminaba todo a su paso. En su caso, nadie diría que era un hombre de mediana edad rozando ya los cuarenta y cinco años, la palabra cuerpo podría ser cambiada por la palabra: “perfecto”. Pero no era así como se le llamaba. ¿Cómo llamar perfecto a un hombre cuyo único pasatiempo es disfrutar en la cama, sin importarle los sentimientos ajenos? Imagino lo que estáis pensando, que ese hombre es el típico “Don Juan” encantador de mujeres, y mentiría si dijera que no es así. Por ello, me veo obligada a presentarlo, Ale, un hombre lleno de locura, de unas supuestas ganas de vivir desenfrenado pensando sólo en él. Sólo le interesaba bailar y disfrutar, junto a esas hermosas mujeres, dónde se sentía el rey del mundo, aunque muchos lo odiaran, esas personas que lo apodaban “perfecto Don Juan”. Sin embargo, él hacía oídos sordos y se auto llamaba perfecto, “Don perfecto”, para ser exactos. Y ahí estaba bailando simulando ser la persona más feliz del mundo, rodeado de miles de putas, como él decía. Lo que Ale no se esperaba es que su salida fuese truncada de la manera más inusual y repentina…